En la línea del horizonte, hasta donde llega la vista,
se dejan ver unas figuras.
Señoriales damas reunidas para rendir homenaje
a accidentes nucleares domésticos.
Señoriales osos polares reunidos para devorar,
entre muestras de afecto y cortesía,
pingüinos medio muertos de melancolía.
Señoriales mares reunidos para cantar,
al unísono,
la agonía de sentirse cada vez más llenos,
llenos,
llenos de agua y vacíos,
vacíos,
vacíos de almas.
Señoriales ruinas de colosales cagadas humanas,
heces de cemento y acero que relucen,
siempre relucen,
con el brillo propio de ser meros recuerdos.
Se ha consumido, devorado, masacrado,
se ha tirado demasiado por el retrete.
Se ha paralizado el acelerador de persónulas,
el gran colisionador de culturas,
la ciencia de la humanidad,
el sentirse cada vez más vivos.
Quedan aún fantasmas, cada vez menos vivos,
solamente impulsados por su metabolismo,
sin más razón para vivir que la mera existencia
natural,
de engranajes,
pura y a la vez mecánica,
la vida en las ruinas.
Algún día me haré el loco para que me metan en el manicomio y, una vez allí, demostraré que no estoy loco para que me digan que no estoy loco y me suelten, y solo así sabréis hasta qué punto de mi realidad estoy loco, y hasta qué punto de vuestras conciencias estáis cuerdos.
Hasta entonces, pasadlo bien.
-Qué desea, señor?
-Una hamburguesa de ignorancia con queso. Para llevar.
-Aquí tiene.
-Gracias.
Chester pagó y se fue, comiéndose su ración diaria de felicidad grasienta.
Humanos, humanos.
Hormigas, hormigas.
Por la línea de la vida.
No os caigáis, humanos,
seguid caminando, humanos.
Hormigas, andad,
hormigas, continuad,
por la cuerda floja,
no os caigáis al límite,
al suelo triste de la vida.
Delante tengo una mesa verde, y una silla verde.
Mataron a los árboles e hicieron muebles verdes.
Qué ironía.
El ambiente es fugaz, melancólico.
Se escucha el ruido de los coches fuera,
y el ruido de los individuos que llevan dentro.
Pequeñas muñecas, en esta mediana ciudad, en este inmenso universo.
Mediana ciudad gris, silenciosa y rutilante,
llena de miradas vacías que no saben lo que pasa
más allá de dos pasos por delante de sus pupilas.
Estos dos árboles que tengo delante,
humillados, maltratados,
en la silenciosa ciudad rutilante,
me miran. Y yo les miro.
En su mirada, sus ojos de madera
de ciudad triste y cansada
veo un futuro:
Estar ahí aguantando años, libros y libretas, gente, pequeñas historias
de esta aula asfixiante y esta ciudad rutilante.
Estar ahí, inmóviles e inquietantes, escuchando números y funciones
y sintiendo eternamente esta atmósfera agonizante.
Estar ahí hasta que alguien se canse y decida que ha llegado una nueva era,
que las mesas no son lo que eran y dejarla en un vertedero, sintiendo la agonía gigante
de esta ciudad muda, en un mundo sordo, en un universo ciego y bamboleante,
de esta gran palabra caótica, en una frase melancólica, en un texto irracional, mudo, sordo, ciego y gigante
de cada persona que vive en esta ciénaga andante como una muñeca imaginaria muda, sorda, ciega y rutilante.
La pobre mesa no puede soportar tanto silencio
gris, frío y tan de nunca,
tanta melancolía junta
de aquí a esta parte,
de este vacío a esta nada.
Dentro de cientos, miles de años
ya no habrá una mesa aquí delante.
Dentro de miles, millones de años
ya no será el mismo este delante.
Dentro de millones, billones, trillones,
números acojonantemente gigantes,
terribles, sordos a la agonía,
vacíos, solitarios, aplastantes,
de años fugaces como este ambiente hilarante,
ya no habrá un delante.
No habrá ciudades mudas en mundos sordos, ni habrá un universo gigante.
No habrá donde posar la mirada, ni habrá un solo ser errante.
No habrá nada, ni tan siquiera el propio concepto de nada.
No habrá quien escriba poemas sobre la pobre nada,
sola y dominante,
muda, sorda, ciega y gigante,
ni habrá una mesa, ni árboles
ni ruido de coches, ni almas rutilantes,
ni tan siquiera un triste cierre
que silencie la voz muda
de este triste poema
concebido en la agonía
de la nada que está delante.
Histérico.
Así anda el colectivo, histérico.
Lo llaman histeria colectiva.
Es algo histórico. De historia...
una histeria histórica.
El mundo es muy ilógico.
Biónico.
Irónico.
Mordazmente irónico, mundanalmente irónico.
Una ironía que te coge por los cojones,
como los ciclones.
Un mundo ciclónico.
Ciclón de histeria colectiva.
De ironía histórica.
Sociológico.
Jodidamente ilógico.
Una historia histérica.
Sociología ciclónica.
Acojonante.
Verídico.
Porque vivir en este mundo
es algo histérico, histórico,
biológico, sociológico,
y ciclónicamente ilógico.
Pero no deja de ser bonito,
y esto es acojonante y jodidamente verídico.