domingo, 18 de noviembre de 2012

La vida en las ruinas.

En la línea del horizonte, hasta donde llega la vista,
se dejan ver unas figuras.
Señoriales damas reunidas para rendir homenaje
a accidentes nucleares domésticos.
Señoriales osos polares reunidos para devorar,
entre muestras de afecto y cortesía,
pingüinos medio muertos de melancolía.
Señoriales mares reunidos para cantar,
al unísono,
la agonía de sentirse cada vez más llenos,
llenos,
llenos de agua y vacíos,
vacíos,
vacíos de almas.
Señoriales ruinas de colosales cagadas humanas,
heces de cemento y acero que relucen,
siempre relucen,
con el brillo propio de ser meros recuerdos.
Se ha consumido, devorado, masacrado,
se ha tirado demasiado por el retrete.
Se ha paralizado el acelerador de persónulas,
el gran colisionador de culturas,
la ciencia de la humanidad,
el sentirse cada vez más vivos.
Quedan aún fantasmas, cada vez menos vivos,
solamente impulsados por su metabolismo,
sin más razón para vivir que la mera existencia
natural,
de engranajes,
pura y a la vez mecánica,
la vida en las ruinas.

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